
De Madrid cogí rumbo a Talavera de la Reina. Hacía un frío de la ostia, pero allí fui a calentar al personal. Llegué tarde al hotel, me di una ducha y enseguida se me hizo medianoche. Me calcé el abrigo y los guantes y me piré a la discoteca, a ver si se me calentaba el cuerpo. Hay un trecho largo entre el hotel y la discoteca, pero me fui andando, las frías noche de invierno tienen algo que me pone.
Tiré la calle adelante, coches pitando, música alta en algunas casas, algunas risas escandalosas…pero hacía mi camino. Hasta pararme en un semáforo de una calle muy transitada. Me tocó esperar a que se pusiera el hombrecito en verde. Al otro lado del paso de peatones había un chaval, no parecía gran cosa. No era alto, ni grande. Vestía unos vaqueros de lo más normal, una chaqueta que no le quitaba el frío, ya que tenía las manos en los bolsillos y aún así, se le veía congelado. Por unos momentos, el tiempo se paró y mi mente se concentró en observar al chaval. Calzaba unas adidas de bota, con la lengüeta bien visible. No andaba mal de paquete, la verdad. Cintura estrecha….y así iba yo subiendo en un detenido recorrido por todo su cuerpo. De esto que te quedas empanado mirando a alguien sin saber bien por qué. Pero ahí estaba, subiendo por su cuerpo, fijándome en cada detalle, hasta que llegué a su rostro y….parada en seco. El chaval no me quitaba ojo, me miraba fijamente, clavado en mi, con una media sonrisa, como queriendo agradarme. Incluso siendo yo, me llegó a intimidar su mirada. Casi bajo yo la mía por timidez. Cosa que no recuerdo que haya pasado antes, la verdad.
Poco más y no me doy cuenta de que había cambiado la luz y se había encendido el hombrecito verde. Con paso decidido, crucé la calle. El chaval no se movió, me siguió con la mirada, y seguía sonriendo. La cosa no podía estar más clara. No podía dudar en entrar en acción. Cuando pasé por su lado, me acerqué, sin parar, y le dije al oído, suavemente, “Voy a follarte“. Y seguí adelante unos pasos, hasta pararme en una esquina oscura. Solo me cabía esperar su reacción. Obviamente, no tardó en aparecer a mi lado. Dijo un “Hola!” y siguió con sus ojos clavados en los míos. Y esa medio sonrisa que ya empezaba a ponerme nervioso y quería borrársela a pollazos. Le agarré de la chaqueta, lo empotré contra la pared, le solté un morreo mientras le desabrochaba el pantalón, le di la vuelta, y me puse a manosearle el culo. Quería ver como iba armado de pandero. Y, la verdad, tenía un culazo redondo, estrecho, firme, suave y, lo mejor de todo, que no oponía resistencia. Me encantan los pasivos por vocación.
Me disponía a follármelo allí mismo, frio polar incluido, cuando se da la vuelta violentamente, se sube el pantalón y me dice que allí no quiere follar y que…..tiene unos gustos un poco particulares. Me quedo todo intrigado con eso de los “gustos particulares”. Flipo cuando alguien tiene cosas nuevas que pedirme o especialidades que quiere poner en práctica. Los nuevos retos me apasionan. Aunque normalmente son cosas que yo hago a diario pero para ellos son poco habituales.
Mientras mete sus brazos por mi abrigo para calentarse las manos y se acerca su cabeza a mi pecho (cosa tierna), me dice que le gustaría que le follara en casa y que le gustaría también que le atara y le vendara los ojos. Que me has dicho, chaval? El cielo abierto. Sonreí. Le susurré “Te prometo que te haré pasar un buen rato“. Y se abrazó a mi. Yo ya estaba empalmado solo de pensar en lo mucho y bien que me iba a refollar a semejante pasivo tierno. Son los más complacientes. Y yo quiero que me complazcan.
Es mi trabajo estar al tanto de todas las prácticas sexuales habidas y por haber y de saber manejar todas las herramientas necesarias para follar como es debido. Y con los años he aprendido a montármelo bien en cualquier situación, y el bondage no iba a ser menos. Atar a una persona requiere métodos y respeto. El otro tío se quiere someter a ti, pero eso no significa que quiera “dolor” de verdad. Así que, y más tratándose de un extraño, no es bueno atar con cinta adhesiva, ya que eso le haría una depilación bestia al quitársela, con posible daño en la piel. Las esposas están muy bien. La cuerda es buena, aunque hay que saber nudos y técnicas para atar en múltiples posturas. Por todo esto, ahora, yo uso unas esposas de cuero. Tienen forma de brazalete, por lo que no se harán daño si intentan forcejear, pero quedan firmemente atados.
Así que nos dirigimos al hotel de vuelta, sin que se despegara de mi, supongo que por frío. Todo fue bastante tierno, la verdad. Cuanto más tiernos son, más ganas de destrozarles el culo tengo yo. Y llegamos al hotel, puse la calefacción y le di un albornoz para que se diera una ducha caliente y así se quitara ese frío polar de la calle. El chaval se fue desnudando ante mi, sin pretensiones, sin falsear nada, sin hacerme un striptease, tan solo quitándose la ropa de manera natural. Y yo no podía apartar la mirada de él. La belleza del momento, las líneas de su cuerpo, pequeño y suave. La redondez de su culo, blanco, firme. “¿Qué edad tienes?” .- le pregunté curioso. “21 recién cumplidos” .- Me dijo sonriendo. No podía dejar de pensar en que me lo quería refollar hasta la mañana siguiente, toda la noche, sin parar.
Se metió en la ducha, y mientras yo me fui desnudando, sacando las esposas de cuero, la venda para los ojos, el lubricante…. Y esperé sentado en la cama a que saliera. Y salió. Llevaba el albornoz abierto, su polla ya estaba bien empalmada, no se había quitado la sonrisa de la boca y se acercaba hacía mí lentamente. Me puse en pie, mi rabo también y le quité el albornoz y acaricié todo su cuerpo con mis manos. Le apreté contra mi para sentirle en mi piel y para que él sintiera mi polla tremendamente dura en la entrada de su culo. No tardé mucho en ponerle la venda en los ojos y darle un beso en la nuca. Cogerle los brazos y llevarlos a su espalda y atarlos con las esposas. De un pequeño empujón, cayó de boca en la cama. Le abrí las piernas y me dediqué a hacerle una comida de culo como hacía semanas que no le daba a nadie. Le clavé toda la lengua en su agujero que se dilataba con cada lametazo. Jugaba con mis dedos a abrirle más y más. Y follarle con la lengua más y más. El chaval no dejaba de gemir, de morder el edredón, de suplicarme que me lo follara. Y cuanto más suplicaba, más le metía la lengua en el culo.
No podía aguantar más, debía taladrarme al capullo este que me había acelerado de malas maneras. Estaba ya que me lo reventaba a pollazos. Así que dejé su culo, lo subí hacia la almohada, le desaté las manos de la espalada y se las até al cabecero de la cama. Bocaabajo y abierto de piernas, le até con otro juego de esposas los tobillos a la cama y así le tuve completamente a mi disposición, tanto como yo quisiera. Estaba tan excitado que de un golpe me tiré sobre él y le clavé todo el nabo en el culo. Del golpe tuvo que morder la almohada, pero yo ya no podía dejar de taladrar ese agujero. Embestidas más y más fuertes. Clavadas tan profundas que podía sentir sus entrañas. Quería atravesarlo entero. Quería meterle hasta los huevos en el culo. Tenía un culito tan caliente y suave que estaba apunto de correrme vivo. Tras 15 minutos de zumbada bestial, sin compasión y sin medida. Salí de su agujero y me pegué tremenda corrida en su culo, bañándole todo el exterior, cubriéndoselo de lefa caliente. Joder que agusto me quedé después de esa corrida.
De repente, caí en que había tardado solo 45 minutos en follármelo y ni le había ostiado el culo ni nada. Me pareció que fue poco, la verdad, aunque yo me hubiera muy bien corrido. Le pregunté que tal y solo tenía fuerzas para soltar un “uuufff”. Perdí el límite, y cuando lo pierdo, destrozo el culo que tenga delante. Me agaché y le dije al oído que esto aún no había acabado, que le iba a dejar ahí, atado bocaabajo para follármelo tantas veces como yo quisiera esa noche. No dijo nada, solo sonrió ampliamente. Le di un beso y me fui a la ducha. Al salir, él seguía donde lo había dejado, con la leche aún sobre su culo. Me senté detrás de la cama, en un sillón, me abrí de piernas y me empecé a pajear con la visión de sus piernas abiertas, su culo abierto, la lefa resbalando por sus muslos……me ponía a mil.
Cuando estuve ya con ganas de seguir clavando, le desaté de la cama, le di la vuelta (me seguía sonriendo), le esposé las muñecas a los tobillos para dejarle bien abierto de piernas y con el culo bien alto. Me lubriqué los dedos y le abrí el agujero. Y directamente le clavé de nuevo el rabo. Esta vez podía ver su cara de placer al meterle el rabo hasta el fondo, y cuando ya había hecho tope, aún empujé más adentro. Se le borró la sonrisa, estaba disfrutando como un cabrón. Le cogía de los tobillos y clavaba y clavaba y clavaba como un demonio. Ese culo me estaba desquiciando. Tras una hora de incansable taladrada de agujero, y sin parar de meter, le desaté por completo, salí de su culo, le agarré en el aire, me puse de pie, se abrazó a mi y empecé a follármelo, bajándole y subiéndole con las manos en sus caderas. Al ser tan pequeño era muy fácil la postura. Podía escuchar sus gemidos en mi oído, de vez en cuando se le escapa un “Fóllame más, más, mas” susurrante. Lo llevé hacia la cómoda, se soltó de mi cuello y apoyó las manos sobre el mueble. Le agarré de las piernas y seguí dándole tan fuerte que pegábamos golpes en la pared. No iba a tardar mucho en volver a correrme. Al cabo de un rato, le bajé, arrodillé, esposé las manos a la espalda y le di de mamar mi rabo duro, follándole la boca hasta atravesarle la garganta. Estaba muy habituado a tragar pollas porque era muy fácil clavársela hasta los huevos y llegarle hasta la garganta. Después de 20 minutos así no pude aguantar más y, de una clavada profunda, solté chorrazos de lefa directamente en su garganta, presionando su cabeza para que no se saliera una gota. Cuando me corrido entero, saqué el nabo y le ostié la cara con él para limpiármelo. El chaval estaba destrozado, y yo más relajado que antes.
Durante esa noche, le follé dos veces más atado a la cama. Completamente a mi merced, el chaval quedó muy satisfecho. Y a la mañana siguiente desayunamos juntos en la habitación. Pero no se quería ir sin un último regalo. Me puse mermelada de fresa en la polla y le di de desayunar durante media hora hasta correrme de nuevo en su boca y cara. Le di un buen beso y lametones para saborear mi propia lefa. Desde luego, la noche fue de lo más completa.
Antes de irse, me dio un beso, me metió su número de teléfono en el bolsillo del albornoz y se fue sonriendo. Esta vez, ambos quedamos follados bien follados.